June 15th, 2011

Cuentos Completos de Cortazar, recomendado por Adelaida Loukota y la Biblioteca LvM

May 2nd, 2011

lunes, otra vez

por Adelaida Loukota

Llovió, quizás demasiado. Llevo horas en esta oficina con ganas de meterme bajo el escritorio y desparecer de una vez. La página en blanco me aplasta y supongo que sería mejor ponerme a llorar de una vez, o salir corriendo de una vez, o hacer alguna cosa de una vez. Me cansé de pensar en la sexta letra del alfabeto, me cansé de perseguir a Joe que se vuelve cada vez más esquivo, que está cada vez más lejos.

May 1st, 2011

Ella espera,

por Adelaida Loukota


La verdad le daba un poco de pena admitirlo, pero ese lunes lo esperó hasta que fue doloroso. También lo esperó el martes, el miércoles. Ella Penélope, sentada en el lugar de siempre, con la ansiedad de siempre. Hasta le hubiera gustado saber tejer para matar un poco el tiempo. Después pensó que si fumara la espera sería un poco más entretenida. La gente que fuma por lo menos debía verse más interesante de lo que ella se miraba. Sostenía un libro en las manos, pero no podía concentrarse en la lectura, abandonaba la página cada veinte segundos y lo buscaba. Nada. A veces le parecía que él la espiaba de lejos, como si quisiera asegurarse de que lo esparaba todo el tiempo. Como si quisiera comprobar que era cierto que ella estaba ahí, esperándolo. Ella desazón, ella malhumor, ella nostalgia. Nada. Ella certeza, él tampoco vendrá hoy.

April 30th, 2011

Entre vos y yo

por Adelaida Loukota

Yo soy una guerra anunciada, amor. Conmigo hay demasiadas posibilidades para salir herido y quizás lo malo sea que te lo diga de frente. Sabés, no voy a prometer que te querré por siempre, porque no sé cuánto tiempo es eso y quizás a vos no te baste esta forma mía de quererte un día a la vez.

Vos, en cambio, sos la muerte en la víspera. Me dejás en la agonía de un teléfono que no suena, me abandonás a la espera de una respuesta que no llegará

April 26th, 2011
Continuidad de los parques- Julio Cortazar 

   

   Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

April 25th, 2011

Entre vos y yo (variación primera) 

por Adelaida Loukota


Desperté y lo tuve todo claro, amor, el nuestro es un problema de espacio.

Yo quiero tener un espacio en tus actos pero vos ya tenés llenos todos los espacios de tu vida. Irrumpir en tu mundo es forzar las cosas, es como querer escribir una novela en los márgenes de una libreta que ya no tiene renglones disponibles.
El asunto sería más simple si fuera un lío de amor o desamor, pero estamos lejos de ese tipo de pleitos. Supongo que tendré que aceptar que soy un personaje de otro cuento; alguien que de pronto pensó que era buena idea colarse en una historia que podía tener final feliz, sin considerar que la vida no le permite ese tipo de licencias poéticas.